DOSSIER (III): De cómo monté y envié un sobre bomba.

Por Mel Camacho.

Noviembre, 1993. Madrugada. La reflexión de Alexander Milic, interpretando al popular Don Lengua en Por estas calles, no me dejó dormir. Aquel día la novela, en osada parodia, hizo volar el carro de una magistrada de la Corte Suprema de Justicia, compañera de trabajo del juez Álvaro Infante (Aroldo Betancourt). Insomnio: 12:52… Vuelta y vuelta. 1:07, orinar. 2:05, buscar revista Feriado con fotos de Carolina Perpetuo. Pajazo. 2:41, vaso de agua. Gomitas… Entre bambalinas, de fondo, haciendo muecas a todos mis movimientos surgía, inevitable, la figura de José Carlos Gutiérrez, mi profesor de inglés.

Televisión: RCTV, Cine Prohibido, acompáñame a disfrutarlo: Orquídea Salvaje, con Mickey Rourke. La persistencia de Alexander Milic, dando un sermón en El Calvario, incitaba mi rebelión. Propagandas: Eduardo Sapene analizaría el próximo viernes en su programa Sinopsis el reciente caso de los sobres bomba y el terrorismo financiero. Imágenes: un hombre sangrando, con el brazo envuelto en servilletas, sale de la Corte; Sergio Novelli y Orlando Martínez recogen testimonios. José Carlos Gutiérrez, mi profesor de inglés, acaparó, entonces, pensamientos hostiles. 3:40, sabía que los viejos de Gonzalo estaban de viaje. Llamé a su casa. El teléfono repicó, al menos, doce veces. ALÓ, respondió el negro con la ladilla cosida, a máquina, en cada letra. Negro, ya lo tengo, ya sé lo que haremos, le dije. Marico, ¿qué hora es?, preguntó. Vamos a volar en pedazos a ese hijo de puta.

El amor y el odio son sentimientos que, en los adolescentes, fluyen con fuerza. Sentía un profundo desprecio por mi profesor José Carlos Gutiérrez, conocido en los bajos fondos como el Ecuatorrata, dado su origen quiteño. Octavo grado: trauma. Raspé inglés en los dos primeros trimestres. Necesitaba sacar quince en el tercer lapso para aprobar la materia y, pese a echarle bolas e inscribirme en Berlitz, Gutiérrez me negó los puntos de rasgos.

Inglés, finalmente, me quedó en 14. Reparé. Raspé, saqué 08. Llegué a noveno con la materia de arrastre. El primer examen, en el que evaluarían, supuestamente, reported speech, Gutiérrez mandó a traducir un texto en el que se comentaba la decisión de Michael Jordan de ponerse a jugar béisbol. Nuevamente, reprobé. Gonzalo Porras, al igual que yo, arrastraba la materia.


La primera semana de noviembre de 1993, tras ver aquel episodio de Por estas calles en el que rememoraban los recientes eventos de julio y agosto, con Don Lengua dando un espaldarazo a mi afán de venganza, y con Eduardo Sapene exponiendo hipótesis sobre el llamado terrorismo financiero, decidí enviarle a José Carlos Gutiérrez un sobre de manila lleno de tumba ranchos. Gonzalo y yo fuimos, por primera vez, a la hemeroteca nacional para documentarnos. Buscamos los periódicos de julio y seguimos el caso del terrorismo bursátil. No debe ser tan jodido, dijo el negro. Lo que tenemos que hacer es comprar unos tumba ranchos, llenamos el sobre de pólvora y buscamos la manera de que, al abrirlo, la vaina estalle. Sí, negro, sencillito, le comenté.

Durante mucho tiempo, sobre todo en mi casa, hubo paranoia colectiva con la correspondencia. Ya he señalado en entradas previas de este blog que mi familia estaba metida en política. Mi mamá era adeca, amiga de Paulina Gamus, y mi padrastro era, y aún es, el tipo más guabinoso que he conocido en mi vida. Ese ha sido adeco, copeyano, comunista, masista e, incluso, para la elección del 93, respaldó la candidatura de Gonzalo Pérez Hernández, un carajo que se la pasaba en mi casa tomando whisky y que usaba un slogan electoral, tan inútil como pavoso, que citaba: Gonzalo Habla Claro. Desde julio de ese año, y durante mucho tiempo, mi vieja creía que todas las facturas de Hidrocapital disfrazaban siniestros atentados.

¿Conoces a Cipriano Malpica? Preguntó el negro días más tarde. No, respondí. Es un pana del San Agustín del Marqués que conoce burda de gente por acá por Santa Mónica. Tiene amigos en el Leopoldo. (Se refería al Leopoldo Aguerrevere, colegio público de Los Chaguaramos). Le puedo decir que nos ponga en contacto con alguno que, más o menos, sepa cómo es la vaina de los sobres. Sí va, le dije.

Cincuenta bolos nos cobró un malandro llamado Willy por, supuestamente, instalarle un dispositivo al sobre de manila. Willy nos lo entregó en la panadería Flor de las Ciencias, de Los Chaguaramos. Pidió, alzando la voz, que no expusiéramos el material al calor y que evitáramos moverlo bruscamente. Cobró los 25 que le debíamos y se fue. En ese momento Gonzalo arrugó. No, chamo, mejor, no. Vamos a botar esa vaina, chamo. Imaginé, ante la impertinencia del otro, a José Carlos Gutiérrez destapando el sobre y estallando en pedazos, y no tuve conciencia. No, negro, ese cabrón debe sufrir, le dije. ¡Qué bolas! ¡Yo sí que estaba loquito!

El sobre pasó toda la noche en mi casa. Con un marcador rojo escribí la palabra “Exámenes, 8vo.” en la parte de afuera. Al día siguiente, mi mamá me llevó al colegio a las seis y media. Le dije que tenía que llegar más temprano porque a Gonzalo y a mí nos habían mandado a hacer una cartelera sobre el día de los alimentos. El negro no apareció. Fui hasta la sala de profesores y dejé el sobre en el escritorio del ecuatorrata. Maldito, me dije al colocarlo
cuidadosamente al lado de un ejemplar de la Gaceta Hípica.

Me fui a clases y durante toda la mañana esperé la explosión. En el recreo me asomé por la sala de profesores y el sobre, curiosamente, había desaparecido. A la mañana siguiente tuvimos clases con Gutiérrez e, impasible, como si no fuera con él, nos habló del uso del verbo ‘have been’ y nos mandó a traducir unas oraciones sacadas de la revista Squire. Al final, pasé inglés con 10. En el tercer lapso, luego de un esfuerzo sobrehumano, logré sacar el 16 que necesitaba y pude pasar en la raya. Nunca supe por qué razón aquel atentado fracasó. Nunca se comentó nada… hasta hace poco.

Cristóbal Montenegro, compañero de promoción, egresó en 2003 de la Escuela de Educación, mención Ciencias Pedagógicas de la UCAB. El negro Gonzalo, de mala leche, se mató en la autopista en el 2000. El hecho es que Cristóbal hizo sus pasantías en el colegio y, al graduarse, se quedó con las materias de Castellano y Educación para el trabajo (que ahora llaman Premilitar). José Carlos Gutiérrez todavía daba clases –aún da clases- en la institución. Toda la promoción manejaba el rumor de que yo en noveno grado, en compañía de Gonzalo Porras, le había mandado un sobre bomba. La leyenda, sin embargo, nunca se confirmó. Montenegro y José Carlos Gutiérrez, como colegas, se hicieron amigos. El ecuatorrata, como la mayoría de nuestros antiguos docentes, tenía muchos años siendo alcohólico. Se tomaba dos cervezas y, según, empezaba a hablar pistoladas y a echarle los perros a las maestras de primaria. Montenegro, tras su tercer año laboral, coincidió con él en un almuerzo por el día del maestro. Cristóbal, medio rascao, luego de comentar algunas sandeces, le preguntó: Coño, José Carlos, una pregunta, y perdona la imprudencia. ¿Es verdad que a ti una vez te mandaron un sobre con unos tumba ranchos? La cara del ecuatorrata, según Montenegro, cambió. ¡Baja la voz, baja la voz!, le dijo mientras se ponía el dedo índice en los labios.

José Carlos Gutiérrez le contó a Montenegro que, por aquellos años, él no recordaba si era el 92 o el 93, estaba saliendo con una caraja que era esposa de un PM. El ecuatorrata, supuestamente, ya había recibido algunas llamadas intimidatorias. Cuando, aquella mañana, abrió un sobre lleno de pólvora y crema Ponds*, aterrado por la paranoia colectiva de las bombas en la Corte Suprema, salió corriendo al baño del colegio y lanzó la evidencia a la basura. Eso es lo que pasa por salir con mujeres casadas, carajito, le dijo a Montenegro. No salgas nunca con una mujer casada y mucho menos si es esposa de un policía. Imagínate, por andar de realengo, me querían matar.

¡Qué bolas! Cristóbal Montenegro, hace unos meses, me contó esa vaina cagado de la risa.
*
Durante los ochenta y, al parecer, también en los noventa, tras un episodio de la serie Los Magníficos, corrió el rumor de que la crema Ponds tenía, al juntarse con la pólvora, facultades combustibles. El mamarracho de Willy, amigo de Pano Malpica (tenía que ser) empatucó mi sobre bomba con aquel ungüento hediondo, mojó la polvora y, para colmo, nos cobró 50 bolos.

3 comentarios:

laverdad dijo...

Jajaja... que vaina tan buena de verdad... Excelente blog!

Mindo dijo...

Jajaja! sin palabras, Jajaja!
Mi risa se escuchó en el otro extremo de la oficina.... Jajaja!
Verdad o no los cuentos de este blog son demasiado buenos y me hacen recordar muchos acontecimientos buenos, malos y graciosos de esos años... Jajaja!

tepuyes dijo...

LA verdad es q si, bien sabrosa la narracion, adelante y exitos