DOSSIER: GUACO (I)

TRICERATOPS & ARCHIPIÉLAGO

o la impotencia de la memoria

Por Mel Camacho.

Durante muchos años, con firme convicción, negué al grupo Guaco. La gaita, y más aún su carácter de moda decembrina, siempre me resultó molesta. Algunas melodías, sin embargo, están patentadas por recuerdos: Maracaibo 15 y alguna canción de Navidad con Billo’s solían dar el abrazo de feliz año. Son temas de familia. Guaco, particularmente, siempre se me hizo odioso. El Guaco ochentero, ligado también a memorias de parentesco, resultaba más tolerable que todo lo que hicieron después. Diría, incluso, que a la llamada superbanda de Venezuela, sin disgusto, la olvidé.

La primera semana del año 2008, mortificado por el estancamiento laboral, tomé el Metro de Můstek al noroeste de Praga. Caminé la transferencia hacia la línea B. Pude ver a un saltimbanqui, al final del pasillo, enchufar una anacrónica cornetica Peavey y ajustar las clavijas de su guitarra. Otro, con rasgos barloventeños, conectaba un teclado y barajaba minidiscs. Seguí de largo. Es habitual, en los Metros europeos, tropezar con estos hombres orquesta.

Antes de cruzar a la línea B me sacudió la percusión. Escuché, luego, un par de acordes que sentí propios. Irrumpió la guitarra eléctrica e, imaginariamente, di continuidad a una canción que, a mi pesar, me sabía de memoria. Voy a ver si al viento logro despojar, si le agarro una mentira y nada más, voy a ver si existe alguien, alguien que cuando yo falle, pues te quiera cortejar.

La memoria hizo eclosión: Walter Fernández y Daniela Peralta se ganaron una botella de ron bailando sobre una mesa en la Cuevita del Este, en Bello Monte. Volví sobre mis pasos. Y es que me quemo por dentro de pensar, que otra quiera tu sonrisa enamorar y es que hay lobos a la vista que se la dan de bromistas, que me quieren desafiar. Walter, ingenuamente, me pidió el favor de que llevase a Daniela a su casa. Él no tenía carro –yo me había robado el de mi padrastro que estaba en una reunión del partido. No me gustaba Daniela Peralta, me parecía fea. Le llamábamos el avestruz: metía el pie izquierdo y su mirada, a ratos, forzaba estrabismos. No recuerdo si ya Caldera mandaba. En mi casa siempre se habló de política. Mis ‘representantes’, siempre vinculados a los gobiernos –adecos o copeyanos, diseñaban por esos días, junto a un grupo de chiriperos notables, aquel despropósito que luego se llamaría Agenda Venezuela. Como es tan bella le quieren dar, cosas y estrellas de aquel lugar, donde soñamos la eternidad y donde juramos la inmensidad. Aquella noche, en el carro, tras pasar la panadería O’la lá de la Miguel Ángel, le tomé la mano a Daniela Peralta y, más tarde, embuchado en perfume, ejerciendo la legendaria práctica del onanismo, no pude dormir.

Nos besamos por primera vez en la heladería subterránea de Maxy's. Me contaron que ahora, en ese lugar, se levanta un gigante Banesco. Y fue así como Guaco, a partir de los temas de Archipiélago que escuchaba en el Metro de Praga en la voz de un hombre orquesta, me llevó a otras historias: Como será sentirme en su noria, naviero en la forma de un ancho mar. Era una prograduación, creo, del Cristo Rey de Santa Mónica. El local era 1900, my way en el CCCT (no sé si en ese entonces conservaba el nombre). Las minitecas acostumbraban abrir el set ‘merengoso’ con aquel Guaco noventero que yo me vanagloriaba en despreciar. El recuerdo, entonces, habló: se llamaba Nelson Arrieta –Dani siempre me lo decía. Distancia y tiempo de por medio tuve que reconocer la existencia de un Guaco muy personal, modelado por la voz de Nelson Arrieta que, más allá del rechazo, cuenta parte de mi historia en la ‘noventería’ caraqueña. Por eso quiero escribir su nombre entre las rocas de aquel ancho mar y con el tiempo… Bailamos delante de todos, no me importó –no nos importó. Ella era la novia de Walter. ¡Qué grandes aquellos días en los que la felicidad o la desgracia dependían sólo de coñazas en prograduaciones, fiestas de quince años de las carajitas de noveno o exámenes de lapso!

Sólo cuatro personas, de rostro ajado y rasgos amerindios, se pararon frente a los músicos del Metro. Tenían el cerro Ávila escrito en la frente; una de ellas, gorda y sin mucho cabello, mostraba una alegría exuberante. Los otros, en silencio, con la mirada en el piso pensaban, sin duda, en los besos de sus Danielas Peraltas o, quizás, en algún amigo al que traicionaron ‘adolescentemente’. Terminó la pieza y sólo la gordita aplaudió, pasó un checo y lanzó una moneda. El tecladista improvisó una distorsión y el otro se descolgó la guitarra. Fue entonces cuando cantó: Regálame tu amor en primavera, o la sombra de tus ojos o tu tierno corazón. Balazo al hígado, inclemente. El victimario tenía la voz de Arrieta, el mismo quiebre, el mismo timbre.

Recordé el viaje a la Colonia Tovar en el jeep rojo de Gonzalo Porras (creo que Gonzalo se murió en el 2000, chocó en la Francisco Fajardo). Todos asumieron, sin conflicto, mi romance con Dani. Ella dejó de ser estrábica, dejó de ser ‘pata e’loro’. Supongo que Daniela heredó –y espero que haya olvidado las cosas más cursis que, alguna vez, pude decirle a alguien. Gonzalo tenía un casette de Guaco, un casette que yo odiaba. No sólo eso, eran los días de la moda criolla. El infeliz le pegó al jeep una calcomanía de Venezuela y aturdía nuestros oídos, aficionados a Guns o Metallica, con los alaridos de Luis Silva y una trágicómica historia de Reynaldo Armas en la que se contaba la muerte de un caballo.


La Colonia Tovar, desde el recuerdo, fue fundada por Guaco. Quiero pasar la noche, bailando contigo… Daniela, traviesa, jugaba entre la ropa. Íbamos apretados en el jeep, venía Montenegro, venía la negra Melo; venía Rosa, la carupanera; venía Gilberto Fuentes (ahora es chavista y gerente de PDVSA)… y venía Guaco con Kiara; Daniela, en coro, cantaba rompiendo la garganta: ¡Ven, ven, ven, pero… pero ven, ay pero ven que yo sin ti me muero, ven que yo también te quiero! Gritaban tan fuerte que, saliendo de El Junco, nos paró la Guardia Nacional. Gonzalo no tenía los papeles del carro y tuvimos que hacer una vaca. Le pagamos, entonces, casi 2000 bolos a un agente rechoncho y de piel naranja que ya debe haber muerto de hepatitis. Perdí la virginidad en la Colonia Tovar y hoy, más de doce años después, por una coincidencia en un Metro europeo, yo sólo puedo acordarme de Guaco. No sé qué fue de Daniela, nunca más hablamos.

Todo, todo, todo, todo, todo, toda mi vida, todo mi mundo cambió y tú ahora vas a hacer tu vida aparte y yo me muero porque… Todo quedó, quedó, entre las sombras quedó, quedó. Dijo el cantante de Metro en el último toque. No escuché la canción completa. Atravesé el pasillo andando en Caracas por los años 90. Entré al vagón con la memoria disoluta. Supe que Walter se fue a Madrid, se casó con una vasca. He escrito, un par de veces, “Daniela Patricia Peralta” en el Facebook y pareciera que no existe –igual, Daniela Peralta es un nombre común . Traté, también, de googlearla y no he encontrado ninguna referencia… A la distancia, aún se escuchaba: Entre las sombras, quedó, quedó.

Jugando al amigo secreto, ahora recuerdo, me tocó regalarle a Gonzalo. Fui yo quien le compró aquella horrible antología de Guaco. Acordamos regalarnos casettes y cada quién anotó su preferencia en una lista pegada en la cartelera del salón. Dani, cuando me cortó me dijo: “Ya no eres tú” y así, se fue. Días más tarde supe que ese era el nombre de un tema de Guaco. Esto reforzó mi fobia. Aquella noche, en un bar de Nove Mesto, ausente, perdido entre el Metro de Praga, Bello Monte, la Colonia y Plaza Venezuela, brindé por Nelson Arrieta y, según me contaron, me puse a decirle a los checos que Gustavo Aguado era un tipo arrecho.

1 comentario:

Aguamiell dijo...

Excelente relato, sólo que le cambiaste las letras a algunos temas, jajajaja.
Además, uno de los temas que citaste no lo canta Nelson sino su autor, Jorge Luis Chacín.
Gracias por tu historia, estamos a la orden.
Fran Monroy Moret
www.franengotas.com
fmonroy@guaco.com