DOSSIER (I): Panorámica noventera

PANORÁMICA NOVENTERA. De Baudilio Díaz al deslave

Por Pano Malpica
.

La muerte de Baudilio Díaz me afectó profundamente. Al ver la noticia en El Informador, pensé inmediatamente que 1990 sería un año de mierda. Esa noche tuve una pesadilla horrible. Baudilio, encaramado en el techo de su casa-rancho en Cúa, tropezaba con una lámina de zinc y perdía el equilibrio tratando de salvar el trago de ron que traía en la mano izquierda*. Suelta el vaso, Baudilio, suelta el vaso, intentaba gritarle, pero tenía la garganta seca y no lograba articular palabra. Baudilio Díaz caía al vacío, vaso en mano, y la antena parabólica lo aplastaba despiadadamente. Mamá me secaba el sudor de la frente y trataba de consolarme. Fue sólo un sueño, Pano. ¿Te traigo una Ovomaltina? Pero al día siguiente Bo Díaz seguía muerto y las parabólicas, que para ese entonces comenzaban a plagar el paisaje caraqueño, amenazaban con machacar todo lo bueno que habían traído los 80. En octubre de ese año entré en bachillerato. Me avergonzaba ir a las clases de educación física porque teníamos que usar chores y yo no tenía ni un pelo en las piernas. Ese diciembre se murió Kaiser, mi pastor alemán, y mis viejos vendieron el apartamento de Agua Sal. Mi infancia había terminado.

Noviembre de 1991. Mi viejo vendió el Malibú y compró una Samurai negra, espejos cuadrados y asientos de cuero. Por fin nos estábamos modernizando. Una tarde de diciembre, bajando de la Colonia Tovar, nos paramos en el Banco Unión de Bella Vista porque mamá tenía que pagar las tarjetas de crédito. Al salir, la Samurai no estaba. No duró ni mes y medio.

25 de noviembre de 1992. Un día de mierda. Guns’n’Roses pisaba la ciudad bananera de Caracas. Caía una garúa, y yo debería haber estado ahí, mojándome al compás de “November rain”, entre marihuaneros y groupies. Pero no, después del robo de la Samurai, en mi casa había economía de guerra y no se podían malbaratar los 2.500 bolos que costaba la entrada.

1993 fue el primer año en que no celebramos el día del padre en el Shorthorn Grill. Era una tradición familiar ir en cambote (abuelos, tíos y primos) y engullir cantidades industriales de puntas, chistorras, hallaquitas, pan con ajo y mantequilla, morcillas, arepitas fritas, queso de mano, ensalada de aguacate con palmitos, panquecas flambeadas, pepsi, limonada frapé, whisky y cerveza. Cada año había una pequeña disputa para ver qué tío desenfundaba primero la tarjeta. Pero en 1993 decidieron hacer algo “más íntimo”. Una parrilla en casa del tío Fernando. Luego fue una paella en casa de la tía Leonor. Otro año, tacos en mi casa. Más nunca volví al Shorthorn. Fue la primera vez que tuve conciencia de que mi familia ya no pertenecía a ese estrato relativamente acomodado que se podía dar el lujo de una comilona afuera. Fue un preludio de lo que vendría después… Ese mismo año Gonzalo Porras me invitó a pasar todo agosto con él y su familia en Mérida, pero mi vieja había quedado impactada con un “Alerta” de Leda Santodomingo sobre las sectas satánicas y no me dio permiso.
No me quedó otra que pasar todas las vacaciones leyendo, con el ocasional viaje a Tanaguarena con los primos Antonelli y el bowling semanal en Los Cortijos. Una tarde, entrando en la bibliotequita del Parque del Este, unos monos me asaltaron y me robaron un Casio con calculadora que me encantaba y los zapatos Hang-Ten (imitación de Timberland) que usaba para el colegio. Irenelandia estaba lejos de ser el paraíso terrenal con el que los caraqueños soñaban...

1994 tiene nombre y apellido: Orlando Castro. A ese hijo de puta deberían empalarlo. Mis viejos tenían casi todos sus reales en el Banco Progreso. Después de ese despelote, se acabaron los viajes anuales a Margarita, nos despedimos de la acción de Los Cortijos, mi hermano Javier se tuvo que cambiar de la Metropolitana a la UCV y a mi hermanita Maru le picaron una torta en sus quince años, en vez de la fiesta con rocola que ella quería. Más allá de la debacle económica, lo jodido fue el golpe a la moral clase media de muchos venezolanos que, como mis viejos, pensaban que tenían a Papa Dios agarrado por la chiva.

En 1995 me volvieron a asaltar saliendo del Lido. Recuerdo clarito que fui a ver Nueve meses, con Hugh Grant y Julianne Moore. Me quitaron un Casio G-Shock que me habían regalado en Navidad, y como no tenía plata porque me la había gastado toda en el cine, los choros me cayeron a coñazos, así que ese año empecé la universidad con un ojo morado, cuatro puntos en la barbilla y fama de peleón.


La fecha memorable de 1996 debería haber sido el lunes 15 de abril, día en que perdí la virginidad. Pero no, fue el 16. Para ese entonces, yo siempre andaba en metro, pero tanto le insistí a mamá que ese día me prestó su camioneta (supuestamente para ir a estudiar a casa de Leonardo Herrera, que vivía en Oripoto). En realidad me fui a casa de Claudia Itriago, una compañera de clase con la que llevaba saliendo varios meses. Sus papás no estaban en Caracas y teníamos el apartamento para nosotros solos (oportunidad de oro, porque yo nunca tenía suficiente plata para pagar un motel). En medio de la vaina, escuchamos un alboroto en la calle, sirenas, frenazos, gritos… En cuestión de diez minutos la calle estaba completamente trancada. En el edificio de al lado se desarrollaba, nada más y nada menos, el famoso secuestro de Terrazas del Ávila, donde al día siguiente moriría abaleada una de las hermanas Meléndez Monagas. Para la posteridad quedaron, de esas veinte horas de amarillismo y torpeza, frases como “yo sólo quiero comel bien y estal bien como ustedes”, pronunciada por el malandro Julio César Zambrano a un ridículo Lazo Ricardi engominado y vestido de negro, nombres como “Hernancito” López Ortuño, o eventos absurdos como el comisario Henry Vivas atropellado por una ambulancia... Por mi parte, lo que vino después fue uno de los episodios más humillantes de mi historia personal: los viejos de Claudia llegaron el 16 en la madrugada y me encontraron cómodamente instalado en su casa (no por voluntad propia, sino porque la camioneta de mi vieja había quedado bloqueada y no podía irme), mis viejos descubrieron que no fui a estudiar a Oripoto, la camioneta quedó llena de rayones por los cuatro costados… Un largo etcétera.




1997 empezó mal. En enero cerraron definitivamente Viasa y mi tío Mauro, que era piloto, quedó sin trabajo (y sin compensación).
Los Antonelli, que para mí siempre fueron el paradigma de bienestar y unión familiar, se fueron a la mierda. Varios meses después del cierre, la tía Elba le pidió el divorcio. Mauro, derrotado y venido a menos, se lo dio. Las reuniones familiares nunca fueron lo mismo. La mesa de dominó quedó vacía (sin mencionar la mesa del comedor, porque el tío Mauro era el que traía la mitad de la comida). Fue el año de la disolución familiar, no sólo por el divorcio, sino porque ya casi todos los primos estábamos en la universidad, dispersos. Y con la situación económica tan mala, todos los tíos se habían ido deshaciendo de fincas, casas de playa, acciones de clubes, etc. Ya no había sitio (ni plata, ni excusa, ni ganas) para ir de viaje juntos.

En junio o julio del 97, saliendo del recién inaugurado Sambil, me arrebataron el celular del viejo. Era una nueva modalidad de robo, así que el motorizado me tomó de sorpresa, cosa por la que mi viejo aún hoy en día me critica…

Y como para no perder la práctica, una noche de 1998, saliendo de Le Club con algunos amigos de la universidad, unos monos nos asaltaron y nos obligaron a ir al cajero automático. Cuando llegó mi turno y vieron que en la cuenta no había más de 5.000 bolos, uno de los malandros soltó una carcajada y le dijo al otro: “no, vale, éste está pelando más bola que nosotros”, y me tiró la billetera en la cara. Ese mismo año, cuando por fin las cosas comenzaban a ir mejor en mi casa, mamá se antojó de un Virgilio Trompiz espantoso que costaba una fortuna. Papá finalmente accedió al “es una inversión” y se lo compró. Cinco meses después, un fin de semana que estábamos en Tacarigua con unos amigos de mis viejos, la mujer de servicio de turno entró al apartamento con su novio, otro malandrito de barrio y, entre muchas otras cosas, se llevaron el cuadro de las muñecas de Virgilio Trompiz.

Finalmente, 1999. Los rumores del fin del mundo, con la mortificación del Y2K, se quedan pendejos ante lo que fue ese año para mí. En carnavales me fui a Cuyagua con algunos panas y con Claudia. En medio de un porro, Claudia, laxa y alegre, me soltó que llevaba cuatro meses acostándose con Raúl Infante, un imbécil de Comunicación Social que se la pasaba en el jardín de la universidad jugando fuchi y tocando guitarra. Tres años de relación a la basura. Regresando de ese viaje-pesadilla, nos paramos a comer sánduches de pernil en La Encrucijada de Cagua. Al salir, la Blazer de mi vieja no estaba. En julio de ese año raspé cuatro materias y me devolvieron a cuarto año de la carrera. En diciembre, el deslave. Viendo las imágenes de Los Corales desde un helicóptero que casi rozaba los cadáveres de antenas parabólicas, volvió a mi mente Baudilio Díaz y mi vaticinio de que 1990 sería un año de mierda. Jamás pensé que me quedaría corto. Fue una década de mierda.



*Nota para los maniáticos: Ya sé que Bo Díaz no murió en Cúa, sino en Caracas, y que su muerte fue en noviembre, no a principios de 1990, pero a los 12 años el año empieza con el colegio, en octubre.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Pano, si eres imbecil. Como vas a escribir de la familia??? No respetas a nadie

Claudia dijo...

Ja, ja. ¡Cipriano! ¡Qué bolas aquello de Terrazas del Ávila! Se me había olvidado que una ambulancia te chocó la camioneta.Ja,ja.
Ahora chico, no sé, digo yo, se me ocurre... Muy bonito tu blog pero no te parece que es poco caballeroso estar DICIÉNDOLE A TODO EL MUNDO CON QUIÉN TE HAS ACOSTADO. Me casaré dentro de cuatro meses - no sé si te enteraste - Si Jorge, mi 'prometido', lee este tipo de comentario 'graciosito' tuyo no creo que le simpatice. Echa tus cuentos como quieras pero BÓRRA MI NOMBRE, por fa.
Un beso, Cipriano. Veo que no has cambiado.

Noventerias dijo...

No voy a borrar un carajo. Yo no tengo nada de que avergonzarme, yo no fui el que se acostó con media UCAB. Veo que tu relación con Raúl Infante no duró demasiado... Espero que tu 'prometido' Jorge tenga más suerte que el resto de nosotros.

Anónimo dijo...

Rídiculo post de un pendejo clase media en el exilio. Lo pero del blog, es más pana, pareces medio pato, lo mejor de esa época eran las latas que uno se daba por aquí y por allá, eso es lo que vale la pena recordar, no las mariqueras que le tumbaba a los viejos.

Luis! dijo...

Demasiado bueno jajaja.

pino dijo...

Pana, tu post indirectamente me está salvando la vida. Con tu escrito confirmo que el programa de alerta fue en el 93, y que fue un poquito antes de agosto -a mí también casi me cagó unas vacaciones con mi familia acá en mérida-. Pero bueno, ya que documentaste todo ese año, no recuerdas el mes más o menos en el que salió al aire ese alerta?

juan dijo...

Cipriano de pana, eres pato. si la chama se acosto con media ucab no nos interesa, y si lo sospechas es porque eres un mal polvo, maricon.

laverdad dijo...

Me parece excelente articulo!!Momento cumbre:
"...uno de los malandros soltó una carcajada y le dijo al otro: “no, vale, éste está pelando más bola que nosotros”, y me tiró la billetera en la cara..."

"...volvió a mi mente Baudilio Díaz y mi vaticinio de que 1990 sería un año de mierda. Jamás pensé que me quedaría corto. Fue una década de mierda..."

Anónimo dijo...

Jajaja! Csm! Coño buen post mi pana! Y ps esas sacadas de trapos al sol, jajajaja verga, que salao! Pues! Espero q te haya ido mejor en la decada del 2000-2010! xD..

Suerte pues!xD

Anónimo dijo...

Pano, tuviste razón. Esa década fue pésima, no solo para tí, también para muchos de nosotros. Al igual que tu hermanita, yo tampoco tuve fiesta de quince años por la situación económica.

Anónimo dijo...

Absolutamente genial, ajajajaja...resumir de ese modo una década no es fácil, pero a ti te quedó del carajo. Saludos.

Anónimo dijo...

Pana... a tí si te roban jajaja.. cuidate mucho.. no te conozco pero me pareció muy interesante este articulo.. Las Sectas Satanicas, ue mierda de programa! Saludos!