CRÓNICA BREVE

1994 – Lascivia

Por Gala Saavedra.


Hace poco hubo un reencuentro con la gente del colegio. En medio de la hipocresía y los recuerdos compartidos, algún ingenuo preguntó: “¿Qué habrá sido de la vida de María Beatriz Luján?”. Murmullo general. No sé ni me interesa. Debe andar metida en algún antro. Seguro ya se murió de SIDA. Enseguida hubo un silencio incómodo, y el suelo se agujereó de tantas miradas perdidas en él.

En octubre del 94 entró al colegio María Beatriz Luján, “la nueva”. Su padre era banquero y había vivido en media Latinoamérica. Inmediatamente nos hicimos amigas, cosa que manchó un poco mi reputación, pues Mabea era lesbiana y no hacía ningún esfuerzo por ocultarlo.

Mabea era “rara” en todos los sentidos. Mientras nosotros estábamos en la onda de El General, Juan Luis Guerra, Proyecto Uno y demás fenómenos tropicales, ella escuchaba Pink Floyd, Nina Simone y Youssou N’Dour; se burlaba de Laura Pausini y de Hombres G, y deleznaba el pop latino (para ese entonces, Fey y Shakira todavía no pintaban en el panorama musical, porque seguramente también habrían caído en la lista negra de “la nueva”). No importaba que fuera una tipa inteligente y sensible; ni siquiera el hecho de que venía de una familia de plata la ayudaba a escalar ese peldaño social en el que están las niñas convencionales de un colegio católico. Ella era una paria porque se burlaba de las tradiciones mojigatas del colegio, porque Gaitas y Pupitres le parecía patético, y porque no perdía su tiempo en Weekend’s como el resto de nosotros. Los chismes de pasillo eran insoportables, pero a Mabea parecían entretenerle. Se reía y me decía: “Gala, cuéntame, ¿qué andan diciendo de mí esta semana?”.

Pero mientras yo perdía la virginidad en el Puerta del Este, al compás de “Saturday Night” de Whigfield, Mabea Luján se pasaba por el filo a media promoción. Me fui enterando mucho después, cuando ya estábamos en la universidad. Desde las más nulas hasta las más sifrinas. Lo curioso del asunto es que jamás intentó nada conmigo. Y tampoco me contó sobre sus experimentos amatorios con nuestras “compañeritas” de clase. Fue todo un caballero, con la doble moral de todos los caballeros.

Recuerdo una tarde de esas en que no para de llover y todo colapsa en Caracas. Fuimos a comprar monte en un kiosco de San Luis. Era viernes y esa noche iríamos a Doors, en Las Mercedes, así que pasaríamos la tarde relajadas en su casa, eligiendo qué ponernos para vernos mayores (por suerte, en el 94 trajeron los primeros Wonder Bras a Caracas). Entre las muchas conversaciones de esa tarde, surgió, por supuesto, el tema del sexo. Mabea me dejaba hablar. Aparentemente, yo había sido una de las primeras de la promoción en perder la virginidad. Me hacía preguntas y, por una vez, me sentía superior a “la nueva”. Había una conexión especial con Mabea. Pensé que ella y yo estábamos en otro nivel, que era el tipo de amigas que nunca pude encontrar entre la gente del colegio. Hablábamos de cosas serias, trascendentales (al fondo, Sheryl Crow lloraba: Are you strong enough to be my man…). Por eso me dolió tanto su silencio, sus amistades paralelas. Cuando inexplicablemente se supo en el colegio que Juan Arturo y yo ya lo habíamos hecho, jamás se me ocurrió pensar que mis compañeras del clase también tenían sus tardes lluviosas, con porros y Sheryl Crow, en casa de Mabea.

María Beatriz Luján no se murió de SIDA, ni se la pasa en antros de mala muerte. Vive en Nueva York y es editora de una revista de historia. Hace poco nos vimos y, como hace años, volvió a preguntarme entre risas: “¿Qué dijeron de mí en el reencuentro, Gala?”. Esta vez le respondí con otra pregunta: “¿Qué decían ellas de mí, Mabea?”.