DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

Mis recuerdos de los 90 son bastante borrosos. Curiosamente, los 80 vienen a mi mente con la nitidez de un color pastel. Recuerdo con cariño las melenas batidas y los pantalones bombachos, la permanente de mi mamá, las hombreras de la tía Hormi, la empalagosa melodía de cualquier canción de Air Supply murmurada por mi tía Valen, el canal 8 y Ventana Mágica, el himno infaltable a las 12, el Viernes Negro y el nacimiento de mi hermano (ambas calamidades ocurridas el mismo año). Por otra parte, tengo una extraña laguna entre 1989 y 1999, años de adolescencia, época teóricamente fundacional en lo que respecta a mi preparación para la vida adulta.

Conversando con Sánchez, y haciendo un recuento superficial de los eventos emblemáticos de los 90 venezolanos, en mi cabeza se comenzaron a hilar imágenes, sonidos… Y un morboso sentido de pertenencia me invadió de pronto. Sí los viví a plenitud, pero ¿por qué mi memoria se empeña en oscurecer esos recuerdos?

He tenido la suerte de conocer latinoamericanos y españoles de mi edad en distintos momentos de mi vida. Hemos encontrado divertidos paralelismos en nuestras crianzas (en especial con los peruanos), pero hay una noción recurrente que no me deja en paz, un sabor metálico en la boca que surge cuando estas conversaciones se prolongan por más de cinco minutos. Nunca, en mi memoria, ha habido un momento en que pueda decirles a estos amigos “pero ahora estamos mejor”. El concepto de mejoría (económica, social) no existe para mí, para mi generación. Nunca, en estos treinta años, he podido decir “el dólar está bajando”, “ya no hay tanta inseguridad en la calle”, “ya no se oye de tanta corrupción en el gobierno”. Argentina está en la lona ahora, pero hasta hace no mucho, mis amigos sureños comentaban lo jodida que había sido la hiperinflación durante Alfonsín, y completaban el comentario con un “ahora con el 1 a 1 la cosa está muy bien”. Y mis “patas” no dejan de alabar la estabilidad económica y el aire de progreso que se respira en el Perú. Ni hablar de los chilenos.

[Foto tomada por Alex Celle desde el Tamanaco]

La gran pregunta que surgió de mis diatribas con Sánchez, quien padece del mismo guayabo/saudade que yo, fue: ¿en qué momento se fue todo a la mierda? La respuesta tiene que estar en algún rincón de los años 90. En un intento, casi fracasado desde el nacimiento, nos hemos propuesto recoger en este blog algunas anécdotas escritas por nosotros y por algunos conocidos pertenecientes a esta misma generación. Tal vez de algún rincón de nuestra memoria adolescente podamos rescatar la clave del fracaso, la esencia de nuestra identidad y el porqué de esa repugnancia cariñosa que sentimos por la ciudad que nos vio nacer, crecer y huir al exilio.

Las grandes empresas sociológicas siempre quedan inconclusas por falta de fondos, por desmotivación, por desgaste del tema, etc. El fracaso de este blog está a dos clicks de distancia, latente, esperando que sus editores se aburran, encuentren algo mejor que hacer o se den por vencidos al no hallar respuestas. Ya veremos si el destino de nuestro blog es igual al de la ciudad que lo inspira. Por ahora, disfruten, si pueden, de los testimonios que estaremos recogiendo en Noventerías: Crónica contemporánea de Caracas.

Egan.


"Hacer memoria... es todo. Recordar menudencias de los 90, sólo eso, nada más."
Sánchez.

3 comentarios:

Atahualpa dijo...

Egan y Sánchez:

Este blog viene a demostrarnos, con pruebas más feas que fehacientes, que los ochenta en Venezuela no eran tan terribles, tan miserables, como la década que vendría después. Los noventa vino a recordarnos que empeorar es nuestro sino: lo único que sabemos hacer de manera consecuente. Y ni qué decir de la primera década del siglo XXI, que por lo que se ha visto hasta ahora, luce tan fétida como lo que ustedes dos, par de costumbristas noventeros de hondos traumas y afilados verbos, han decidido arrojar en este agujero de vergüenzas propias, con buen humor y mejor memoria. Se agradece esta trompada a nuestros arquetipos. Merecemos más. Así que adelante.

Atahualpa

Anónimo dijo...

Claro: todo tiempo pasado fue mejor , no? que originales! jejejejejeje

Carlos Farias dijo...

Lo que yo recuerdo de los años 90 que en esa década fue cuando yo me mudé de Caracas en 1991. Ese año, me había mudado para la isla de Margarita con mi madre y mi hoy fallecida abuela. En 1992, estando allá me marcaron varios sucesos: la muerte de mi abuelo y las dos intentonas golpistas. Ya en 1993 salimos de la isla y nos regresamos a tierra firme, pero esta vez a la ciudad de Valencia.