DOSSIER (I): Panorama sentimental

Por Pano Malpica.


Gracias al inspirado comentario de un lector, hemos decidido dedicar el DOSSIER de la tercera edición de NOVENTERÍAS al tema del amor: "desde 'las latas que nos dábamos por ahí' hasta su fundación discursiva - cultural en la Venezuela de fin de siglo". Cita del email anónimo enviado a noventerias@gmail.com.

En el ámbito personal, ya he hablado suficiente de Claudia Itriago, aquella novia que vivía en Terrazas del Ávila y que me montó cachos. En esta ocasión, sin embargo, no quiero hablar de mi historia, sino de los eventos y personajes noventeros que moldearon la educación sentimental de una generación. A primera vista, los 90 se pueden etiquetar como una década de disolución familiar, como así lo atestigua, por ejemplo, el divorcio de los padres de Marlene o el hogar disfuncional de Camacho, pero la década también nos regaló inequívocas manifestaciones de afecto que sin duda alguna forman parte de cómo vimos, expresamos e hicimos folklore a través de los sentimientos. El amor en Venezuela fue un discurso, en gran medida, modelado por Sábado Sensacional y la revista Ronda. Chepa Candela trascendió su vulgar columna para constituirse en idiosincrasia. Las telenovelas, entre otras formas discursivas, formaron una farándula culta o, si se prefiere, una cultura popular de la clase media a la que pretendo hacer referencia. No ha sido fácil inventariar estos icónicos romances. Creo que hay, sin embargo, en las parejas que se citan a continuación, suficientes elementos para entender cuáles fueron las constantes sentimentales de los 90.

Es necesario, antes de adentrarnos en el espectro farando-cultural, citar una breve pero sustancial experiencia política. Los noventeros entramos a la década arrastrando los referentes amatorios de nuestros líderes democráticos. La única constante ideológica fue la tríada: Lusinchi - Gladys Castillo - Blanca Ibáñez, CAP - Blanca Rodríguez - Cecilia Matos. Para aquellos que, con Durcal, piensen que la costumbre es más fuerte que el amor, he aquí una prueba contundente de que Venezuela es un país sentimentalmente progresista.

Durante los noventa, la farándula en Venezuela se constituyó como una fuente inagotable de erudición en lo que se refiere a relaciones interpersonales. La década se inauguró con un gran romance: Catherine Fulop y Fernando Carrillo. En 1989 estos jóvenes actores redimensionaron el concepto de pareja con una novela fundacional para la estética noventera –Abigail. En 1990, en vivo, por Sábado Sensacional, Catherine y Fernando contrajeron matrimonio en una celebración muy pavosa que tuvo lugar en una especie de finca cercana a Maracay. El romance entre las estrellas, sin embargo, terminó en 1994.

En 1991, Guillermo Dávila conmovió a generaciones –una vez más– cuando le cantó a su nueva esposa, Chiquinquirá Delgado el emotivo tema: “Quiero decirte tan solo que nadie ocupa tu lugar”. El matrimonio se fue al caño en 1999.

En el 94, hubo emociones mixtas: Mimí Lazo y Luis Fernández se casaron, pero Carmen Julia Álvarez y Daniel Alvarado terminaron su relación de más de 15 años.

El año 97 Sábado Sensacional nos regaló otro espectáculo dantesco- majestuoso: las nupcias de Gabriela Spanic y Miguel de León. Esta pareja se consolidó durante el rodaje de la eterna y traumática historia de Gilda Barreto, Como tú ninguna, novela que Venevisión transmitía en horario vespertino. A 40º y con carroza tirada por caballos, la boda se celebró en la iglesia Santa Rosa de Ortiz. El cuento de hadas duró hasta 2003. Posteriormente, Spanic alegaría en su autobiografía que de León había abusado físicamente de ella durante toda la relación.

Al año siguiente, otra boda estelar inundó las pantallas de nuestros televisores. En esa ocasión le tocaba el turno a la estilizada Emma Rabbe y a Daniel Alvarado quienes se desposaron en una ceremonia luterana (rompiendo todos los esquemas televisivos tradicionales). Esta pareja continúa felizmente casada.

Algunas rupturas noventeras importantes fueron las de Yordano y María Alejandra Martín, Carolina Perpetuo y Sergio Pérez (las malas lenguas dicen que el cantante le pegaba), Cristina Dickmann y Florentino Primera, Raquel Lares y Gilberto Correa, Carlos Mata y Marlene Maceda (este matrimonio colapsaría en 2002), Irene Sáez y Enrique Mendoza. Una historia que no quedó clara fue la del noviazgo de Viviana Gibelli con Jean Carlos Simancas. Estos anunciaron boda pero, repentinamente, la relación terminó. Después comentaron que Simancas era gay. Nunca se supo qué pasó.


Pero en la farándula también hay historias amorosas duraderas: Carlota Sosa y Rafael Romero, Maite Delgado y Alfonso Mora, Javier Vidal y July Restifo (quienes recibieron y soportaron, más unidos que nunca, la embestida de unas acusaciones de plagio por parte de Vidal), e Inés María Calero y Miguel Moly (a pesar de malsanos rumores de cuernos merengueros).

Estos nexos amorosos sin duda inspiraron a las parejas del nuevo milenio: Ilan Chester y Merci Mayorca (casados en 2003), Daniel Sarcos y la Chiqui (en el 2004), Erika de la Vega y Capriles Radonski, Daniela Kosan y Luis Chataing, Anna Vacarella y Leopoldo López (recientemente casado con Lilian Tintori).

Pero el crédito no se lo llevan solamente los protagonistas de la pantalla. La educación sentimental de mi generación tuvo sólidas influencias en el mundo musical y cinematográfico. Nadie puede olvidar la película La primera vez, de Salserín; o la miniserie Los últimos héroes, del grupo Menudo. El abrazo final en el aeropuerto entre Kevin Costner y Whitney Houston en The bodyguard causó hondas impresiones en las niñas venezolanas. Lo mismo ocurrió con la actuación de Andy García como el abnegado marido que soporta las impertinencias de una Meg Ryan alcohólica, en When a man loves a woman. Maná y Laura Pausini, por otra parte, nos regalaron poesía romántica para cantarle al oído a nuestras primeras parejas: “Es más fácil llegar al sol que a tu corazón”, “Tengo ganas de un amor sincero, ya sin él”. En un tono más latinoso, Natusha conceptualizó, con desparpajo, cómo se sintió el amor en la década de los 90:

Dime, dime si tú no me quieres
para morirme de pena.
Yo me voy por mi vereda.
Sí me voy a suicidar.